Vida

 

Nacimiento y entorno familiar:

Papini, escritor italiano convertido a la religión católica, en su libro San Agustín, alude a Juan Pablo Richter, quien expresó: «Los nacidos en domingo están destinados a cosas grandes». Casualidad o causalidad, Aurelio Agustín vivió a mediados del siglo IV - V. Y nació un domingo 13 de noviembre del año 354, en la ciudad de Tagaste, actual Souk-Ahras, Argelia; que, en aquel momento, pertenecía a la provincia romana de África.

Su padre, Don Patricio, un hombre pagano, pero de condición social asequible, de carácter afectivo, aunque muchas veces airado, quien al final de sus días termina convirtiéndose y bautizándose, gracias al amor y fe de su esposa Mónica. Aquella era una mujer sencilla, amable y digna de admiración, profesaba la religión cristiana, y siempre mostró preocupación porque su familia marche en los caminos del bien, especialmente por Agustín, mismo que afirma haberse hallado, en su juventud, perdido y sumiso por sus pasiones e impulsos carnales, los cuales, le hacían perderse e ir lejos de los caminos que su madre, con mucho esfuerzo y esperanza, le trataba de instruir. «Como todas las madres, y aún más que la mayoría de ellas, deseaba tenerme a su lado» (Confesiones, 5,8,15).

Y en cuanto a su vida amorosa y familiar, Agustín contaba ya con un hijo llamado “Adeodato”, un muchacho muy capaz e inteligente, al igual que su progenitor; pues «superaba en inteligencia a muchas personalidades renombradas y doctas» (Confesiones, 9,6,14). Su nombre significa “Regalo de Dios”, aunque fue concebido, en su desorden de vida, con una mujer de la cual no se le conoce el nombre, sin embargo, Agustín la respetaba mucho. Por otro lado, este hijo terminó convirtiéndose en el acompañante fiel de los escritos y reflexiones filosóficas de su padre y a la vez maestro; como, por ejemplo, en su libro titulado “De magister”; donde juntos desarrollan una exquisita filosofía del lenguaje, fundamentada en el recorrido desde la misma inteligencia hacia la fe en la Verdad. Así también, en la obra “De Beata Vita”;en la que trata el tema de la felicidad, como fin último del hombre.

Formación académica y amor por la “Suma Sabiduría”

Agustín fue educado e instruido, en todas las letras humanas, denominadas artes liberales, concluyendo sus estudios en el año 373. Al inicio, ejerció como maestro de gramática en su ciudad natal, y posteriormente, retórica en la capital, Cartago. En cuanto a su trabajo, instruía en el arte de hablar bien, «sin engaños les enseñaba el arte de engaña» (Confesiones, 4,2,2); siendo aquella, una de sus destrezas, además de ser un inquieto buscador de la Suma Sabiduría, lo que lleva a Agustín, a ser un personaje célebre, famoso y reconocido, en su patria y fuera de ella. Por todo esto, Agustín es considerado un hombre distinguido e intelectual de su tiempo, e incluso lo sigue siendo actualmente.

A sus diecinueve años, como lo expresa en su libro DE BEATA VITA, en la escuela de retórica tuvo contacto con el libro “Hortensius” de Cicerón, el cual estimula y hace brotar desde el alma del Hiponense, placer, ardor y deseo por la filosofía, provocando que inmediatamente se dedique a ella. (San Agustín, De la vida feliz, 1,4) En cuanto al manuscrito, «Encontraba también allí condenado el placer de vivir sin regla. Cicerón demostraba que el vivir como cada cual quiere es el supremo mal… Y encontraba allí, de modo especial, la visión de la felicidad prometida a los sabios». Agustín, interpelado, dirige su vida a la búsqueda de la verdad, orientándola a la divinidad, por lo tanto, se decide a buscar la vida feliz. «Porque nos has creado orientados hacia Ti, y nuestro corazón estará intranquilo hasta que descanse en Ti» (San Agustín, Confesiones, 1,1,1).

La falta de humildad hacia las “Sagradas Escrituras”

En su búsqueda de la Verdad, Agustín tuvo contacto con innumerables libros de filosofía, pero también con las Sagradas Escrituras. El impacto no fue muy agradable, sino al contrario, su lectura e interpretación, a comparación de la literatura clásica, era bastante sosa y terminó rechazándola. A lo que afirma: «Entonces me di cuenta que no están al alcance de la gente orgullosa… Algo cuya entrada es humilde» (Confesiones, 3,5,9). Para Agustín, solo el espíritu racionalista daba a conocer la verdad; y al leer con ese prejuicio los libros sagrados, termina rechazando los misterios, que, por humilde fe e iluminación, se les revelaban a otros hombres cristianos, a quienes aborrecía.

Perdido en el “Maniqueísmo”

La búsqueda insaciable, continúa atormentando la vida de Agustín, y aunque no le era nada fácil, nunca pensó en abandonar la misión de amar la sabiduría y ser feliz. Pero, entre el camino de fe y razón, Agustín se aventura a lo segundo; y aunque, se presenciaba una conversión, tras la lectura del Hortensio, esta resultó ser al error, pues se afilia a la secta del maniqueísmo, creyendo que era allí, donde encontraría la Verdad y felicidad, que necesariamente le hacía falta a su vida.

El maniqueísmo, una religión del oriente fundada por el babilonio Manes, era una extraña mezcla, en donde todo es alcanzado por la razón, y su base fundamental giraba en torno a un dualismo; es decir, profesaban que existían dos fuerzas infinitas, equivalentes y antagónicas, en constante lucha: «el bien y el mal, el espíritu y la materia, la luz y las tinieblas. El mundo y la creación tienen su origen en el mal». He aquí la razón, por la cual, Agustín, en primera instancia, adopta y califica erróneamente, las cosas temporales y corpóreas, como algo adulterado y corrompido, para la búsqueda de la felicidad.

Finalmente, tuvieron que pasar alrededor de diez años, para que Aurelio Agustín se diera cuenta de que la Verdad le estaba aún muy lejos. Y, por otro lado, «Mónica lloraba día y noche los errores del hijo que, con razón, le parecía como muerto» .

Retorno a las Sagradas Escrituras y al camino cristiano

Después de leer libros platónicos, Agustín se adentra a la reflexión de las Sagradas Escrituras, en especial del apóstol San Pablo, sirviéndole como medio, las técnicas proporcionadas por Ambrosio. Dejando así, de ver contradicciones entre los textos leídos y quedando despejado de todo prejuicio, duda y murmuración.

Agustín, libre de ansias por los bienes y riquezas temporales, busca al sacerdote Simpliciano; quién para Santucci, fue «La primera persona que lo ayudó… Era un hombre santo, ya de edad, que había tenido el honor de instruir en la fe al mismo Ambrosio» (p. 56). Y éste, en correspondencia, le estimaba y le amaba como a su auténtico padre (Confesiones, 8,2,3). Simpliciano, quien amable y paternalmente lo recibe ante su búsqueda, y en quien Agustín pone todas sus esperanzas de que le muestre el verdadero camino que ha de seguir, le cuenta historietas de su juventud; como, por ejemplo, la del gran orador Mario Victorino, gran hombre que se convirtió y prefirió desertar en su carrera de las artes liberales, antes de renegar de Cristo. Después de ello, Agustín queda realmente conmovido, pero, aun así, se reusaba del todo. 

Cierto día, tras la visita del oficial del imperio, Ponticiano. Agustín se encontraba con las cartas de San Pablo sobre la mesa, acompañado de su discípulo y amigo Alipio; este oficial, quien también era su compatriota, se asombró de los códices que Agustín consultaba, pues no lo esperaba de tan erudito personaje y, sobre todo, por lo que venía a informarle. Posterior al momento, rompe su silencio al comentar acerca de un libro que, tras su lectura, toda la región quedaba asombrada y en su mayoría, convertida; este se trataba de un monje del desierto, San Antonio egipcio. Y lo que venía a comentar el oficial, era la experiencia de unos hombres pertenecientes a la corte imperial, quienes se convirtieron al cristianismo, dejando todo placer mundano y viviendo en la penuria. «Fue entonces cuando yo me encaré conmigo mismo… Mi alma sentía verdadero pánico de verse apartada de la costumbre que la consumía hasta matarla» (Confesiones 8,7,18).

AGUSTÍN Y SUS CONVERSIONES

La Crisis en el huerto de Milán

Cuando Agustín terminó de escuchar lo mencionado por el oficial Ponticiano, pasó a retirarse al huerto de su casa, donde se lamenta y se empieza a cuestionar sobre el sentido de su vida, pero a su vez, sobre su conversión. Simultáneamente, Alipio también cuestionándose, escuchaba las incomprensiones de su gran amigo, ¿cómo ellos eruditos no encuentran saciar su vacío, ni gozar de felicidad, en cambio otros, gente sencilla, simple, del pueblo, encuentran lo que buscan y pueden saciar su hambre? ¿Dónde quedó la ciencia? (Confesiones, 8,8,19). «Yo decía en mis adentros: “¡Rápido! ¡Ya! ¡Ahora mismo!”, y de la palabra casi pasaba a la obra. Ya estaba a punto de hacerlo, pero no lo hacía» (Confesiones. 8,11,25). El momento, sin duda, era tenso, realmente una crisis en el jardín de Casiciaco, es por ello que Agustín decide estar a solas para reflexionar, alejándose de Alipio, pues, para su amargo llanto le era grata la soledad. Fue entonces el momento en que Agustín habló al cielo para que le oigan, y le explicasen qué le pasaba; el llanto era cada vez más amargo e imparable.

Agustín, “Toma y Lee”

Acto seguido, oyó una voz melodiosa, que al parecer procedía de unos niños jugando en la casa vecina. Tal melodía, en repetidas veces decía: “¡Toma y lee! ¡Toma y lee!”, luego de eso, Agustín al no recordar la existencia de dichas palabras en ningún juego conocido, interpretó la exhortación como una iluminación divina.

Sin reserva alguna, se dirigió hacia donde estaba Alipio, alcanzando a ver el códice del apóstol San Pablo, en silencio y tembloroso, hizo aquello que, por inspiración sentía; y leyó: «Comportémonos con decencia, como a la plana luz: nada de lujuria y vicios, nada de pleitos y envidias. Más bien revístanse del Señor Jesucristo, y no se dejen arrastrar por la carne para satisfacer sus deseos» . No queriendo leer más, pues no lo veía necesario, Agustín siente seguridad en su corazón, y reconoce que la suma Sabiduría le había salido a su encuentro. Entonces, con toda alegría y júbilo corrieron a contarle a Mónica, quién saltó de felicidad, dando gloria a Dios por no hacer oídos sordos a sus plegarías. «Me convertiste a Ti de tal modo que ya no me preocupaba de buscar esposa ni me retenía esperanza alguna de este mundo» (Confesiones, 8,12,30).

Este importantísimo acontecimiento, que para algunos es considerado el inicio de su conversión, tuvo lugar a finales de julio o probablemente en los primeros días de agosto del año 386. Aurelio Agustín contaba ya con 32 años de edad, no obstante, una nueva etapa en su vida se le avecina.

Acontecimientos importantes

Camino de fe y bautismo

La decisión ya era tajante, ahora quería vivir solo para Dios. Renunció a su cátedra de retórica, y junto con sus amigos, que asumieron la conversión, se retiraron a las afueras de la ciudad, donde un tal Veracundo, amigo suyo, les ofreció un terreno, de nombre Casiciaco, donde pasaron un tiempo de retiro, meditando las Sagradas Escrituras, haciendo oración, y descansando, para así, recuperar fuerzas y emprender su nuevo modo de vivir.

Asimismo, Agustín siente amor por la vida comunitaria en Cristo, todos con un mismo sentir, buscando la sabiduría, resolviendo los enigmas filosóficos, orando juntos, etc., pero al mismo tiempo, su estadía en Casiciaco, fue también un estilo de preparación para el sacramento de iniciación cristiana; debido a que, de manera anticipada, le escribieron a Ambrosio, contándole sobre el arrepentimiento de Agustín y pidiéndole que le proporcionase una serie de libros que podía reflexionar, de modo que se prepare para el bautismo. Ambrosio, por su parte, sin dudar, asintió a su petición, y le proporciona la lectura del profeta Isaías. Sin embargo, aunque Agustín no logra comprender muy bien la lectura, consideraba que el profeta expresa claramente la vocación de los gentiles, incluso aún mejor que los evangelios.  

Bautismo de Agustín

Posteriormente, regresan a Milán cerca de la cuaresma para formalizar y recibir el sacramento; siendo bautizado por las manos del obispo Ambrosio, en la noche de la Vigilia Pascual del 24 y 25 de abril, junto con su hijo, «Nacido de mi carne y fruto del pecado» (Confesiones 9,6,14), Adeodato y su amigo Alipio; a quien por amistad entiende y llama “la mitad de su alma” (Confesiones, 4, 6, 11). Consecuentemente, sorprendido de los planes de salvación que Dios tenía para con él, lloraba de la emoción en pleno acto ceremonial, tras oír los dulces cantos e himnos que entonaban en dicha solemnidad. «Aquellas voces penetraban en mis oídos, y tu verdad iba penetrando en mi corazón» (Confesiones 9,6,14).

Éxtasis en Ostia, Muerte de Mónica y Retorno a Tagaste

Planeando marcharse de aquellas tierras, hacia Roma y luego a su patria Tagaste. Tuvieron que retenerse por bloqueo del puerto, en Ostia Tiberina, lugar donde acontecen dos escenas importantísimas entre Agustín y su madre. El primero fue el famoso éxtasis de Ostia, «Conversábamos, pues, solo los dos con gran dulzura… profundizábamos juntos, en presencia de la verdad que eres Tú… Mientras hablábamos y suspirábamos por Ella, llegamos a tocarla un poquito con todo ímpetu de nuestro corazón» (Confesiones 9,10,23-24). Y el segundo fue que, al poco tiempo, Mónica cae enferma de gravedad, ella contaba con 56 años y Agustín con 33, y a los 9 días parte de este mundo. El gran convertido no aguantó el dolor, y junto con su hijo y hermano, les aborda la tristeza y la pena. Pues, el amor entre madre e hijo, era tan sólido como el grafeno, que acató la sugerencia de sepultar el cuerpo en tierra extranjera, sin que sientan pena alguna, pero, como gran plegaria hacia sus hijos, pidió recordarla siempre ante el altar del Señor. (Confesiones 9,11,27)

Cruzando el Mar mediterráneo llegó a Cartago, pero, el deseo de estar en casa era mayor. Así que, en compañía de los suyos, regresó a Tagaste, donde vendió todos sus bienes y lo puso a favor de los indigentes, de tal manera que los neófitos pudieran vivir más a fondo como siervos de Dios. Por tanto, el ambiente en que vivían era ascético, entre hermanos, en unidad, en oración, en ayunos, etc., con la finalidad de encontrar a Dios y vivir en Él.

Agustín, era ahora un hombre de Dios, erudito y famoso por todos sus escritos y las numerosas copias que se obsequiaban al pueblo, sin embargo, también era aborrecido por los seguidores de la doctrina de Manes, debido a sus escritos contra ellos. Agustín empieza a ganar almas para su estilo de vida, además, comienza a visitar ciudades y tener amistades con Obispos, pero a los lugares donde éstos carecían, evitaba ir, pues el pueblo podría pedirle que asumiera alguna labor eclesial, algo que él no buscaba.

Agustín: Obispo de Hipona

Agustín ejerciendo su ministerio, debatió con muchas sectas y sus representantes, uno de ellos fue Fortunato. Gracias a este santo de Dios y sus explicaciones sobre la religión católica, muchos aclararon sus dudas, y volvieron o se convirtieron al cristianismo. Por otro lado, para los suyos, «Preparó un tratado, De fide et symbolo, que había de ser leído en un concilio celebrado en Hipona en octubre del año 393. Estuvo también en Cartago por un tiempo, tal vez asistiendo al sínodo celebrado allí en el año 394».

Mientras tanto, Valerio, que veía en Agustín muchas cualidades, las cuales no solo él las percibía; pidió la consagración episcopal de Agustín, para que así pueda desenvolverse como obispo auxiliar. Pensaba, que haciendo eso, nadie podía arrebatarle a Agustín y quedaría como obispo titular el día de su muerte. Y así sucedió, consagrado obispo Aurelio Agustín en el año 395, muere el gran obispo Valerio, por quién Agustín, es ordenado de manera extraordinaria y merecida, al presbiterado y episcopado, quedando así, a cargo de la Iglesia de Hipona. Es admiración la de este gran Santo, que a pocos años de su bautismo es ordenado sacerdote, y a corto plazo, obispo y pastor de la iglesia encomendada por su predecesor, Valerio.

Por otro lado, su vida como obispo era muy cargada, pues su labor estaba enfocada sobre todo a combatir las injusticias, pero también, a la redacción de numerosos escritos. En todo ese tiempo el Hiponense fue voz para los oprimidos, y pluma denunciante para los doctos y hambrientos de Verdad, llegando a ser partícipe de muchos debates y concilios, en los cuales su objetivo era defender y cuidar la fe cristiana. Agustín era el sabio de su época, una figura reverencial casi inimitable, pero siempre fue digno de estimación entre sus cercanos.

MUERTE DE AGUSTÍN DE HIPONA

Todo marchaba bien en Hipona, hasta que los vándalos, al mando de Genserico, empiezan a tomar y destruir las ciudades del Imperio Romano. Los obispos, entre ellos Posidio junto con muchas personas, acuden a Agustín en busca de refugio, pues la penuria y la invasión ya habían llegado hacia ellos. Sin embargo, Agustín a pesar de tener repetidas ofertas para salir de Hipona, firme y fiel a su pueblo, se quedó e invitaba a sus hermanos obispos a no abandonar al pueblo de Dios, mostrando así, ser buenos pastores.

Próximo a cumplir sus 76 años, cae enfermo de gravedad y viendo cada vez más cerca la muerte, «Mandó copiar para sí los pocos salmos de David que llaman de la penitencia», los cuales pegados en su pared leía, meditaba y lloraba, día y noche. Cada vez más cerca de su muerte, pidió a sus hermanos no entrar más que en las horas indicadas, y en visitas del médico, teniendo tiempo para sí, y para el dialogo con Dios.

Finalmente, un 28 de agosto del 430 en Hipona, actual Annaba, Argelia, el alma de Agustín descansa en paz y su corazón inquieto por buscar a Dios, encuentra descanso en su Creador. «No hizo testamento. El pobre de Dios no poseía nada de que pudiera disponer».